Tenía como costumbre pasar la tarde del viernes sentado al sol de la plaza Grigera. Equipado con un termo, un mate y su relleno, intercalaba las cebadas con “lapizipapél” - a veces palabras, otras veces dibujos – y la elaboración de jugadas de pizarrón mental para el picadito que los pibes de la Escuela Nº1 transpiraban frente a mi solitaria platea. Un viernes de agosto, más primavera que invierno, antes de que el sol comenzara a esconderse por detrás del reloj de la municipalidad, sucedió algo insólito, algo en que ustedes podrán creer o no, pero cuyo relato pretende demostrar cómo una simple onomatopeya puede cambiarle la vida a cualquiera…
“Pssst”
Así comenzó todo, con un chistido compacto, perfectamente audible e indudablemente humano, que me detuvo a mitad de camino entre el Zippo y el Camel. Miré de lado a lado y no encontré boca alguna dentro del radio más cercano a la que pudiera atribuirle el sonoro llamado. Volví a gatillar el encendedor y una vez más:
“Pssst, eh, vos, acá abajo… ¿me das un pucho?”
Tardé en encontrar “ese abajo”, no por pifiarle a las coordenadas, sino porque varias veces pasé por ese mismo punto sin notar que, bajo un arbusto descuidado, una caja sucia y vacía de “Uvita Fiesta” me pedía un cigarrillo. Lentamente y con todo el sigilo que una caja podría tener – o más, quién sabe - salió de su raquítico escondite y de un solo salto – muy ágil por ser cartón – se acomodó a mi lado.
“Sorprendido, ¿no?” – dijo mientras se contorneaba como cuando uno se despereza tras una siesta larga y placentera.
“La verdad que sí, conversar con un objeto inanimado no es algo que haga con demasiada frecuencia” - alcancé a contestar justo antes de ahogarme y toser y escupir todo el humo de la segunda pitada.
No sé cuántos de ustedes habrán tenido la oportunidad de observar un tetrabrik de “Uvita Fiesta”, la cierto es que cuando se lo mira con detenimiento, uno logra ver un tetrabrik de “Uvita Fiesta” y no mucho más que eso. Y como soy consciente de que no encontraría palabras suficientes para describir lo que mis ojos vieron en ese momento, les pido que confíen en mí si me limito a decir que tenía un gesto de total desaprobación…
“Me extraña y hasta te diría que me ofende, que un observador de la vida como vos se aferre a la primera impresión. ¿Acaso no es eso lo que venís a buscar cada viernes, un nuevo horizonte al cual mirar? ¿Acaso no es eso lo que nos une? Y dicho sea de paso, ya que mi naturaleza te resulta taaan inanimada, te advierto que en la guantera tengo un par de trucos que podrían dejarte patitieso. Pero esa no es mi intención, simplemente quiero un pucho, ¿me lo vas a dar?”
Absorto ante la claridad y sensatez de su discurso, me sentí obligado a concederle el deseo. Encendí un rubio extra y lo introduje, confieso que con miedo, en esa boquita en diagonal por la que se suele vaciar – y beber - el contenido de esas cajas. Ahora, mi amiga parlanchina, más que un “tetra” parecía una pava silbadora sin manija. No pude contener la risa…
“Veo que ya te permitís dudar. Es un buen comienzo” – dijo mientras pitaba y soplaba sin parar.
Intenté ordenar mis pensamientos: diversas hipótesis – de entre ellas rescato sólo una: neurosis – y un sinfín de preguntas retóricas aturdieron mi cerebro. Era poco probable que semejante acontecimiento estuviera dentro del marco de la realidad, pero esa presunta irrealidad ¿bastaba para caratularlo de imposible? Siempre me definí como un agnóstico hecho y derecho, y como tal, nunca intenté refutar aquello que mi propia experiencia no pudiera desacreditar.
¿Qué sos? – fue lo único que se me ocurrió preguntar. Y como era de esperar, su retruco no se hizo esperar…
“Hubiera sido más acertado que preguntaras ¿quién sos? Pero bueno, todo el mundo arranca por ahí, es casi una regla. Propongo lo siguiente, porque veo que estoy delante de otro fósil del Empirismo, hagamos un juego del estilo veo-veo y la vamos piloteando ¿te parece bien?”
Le di una última pitada al cigarro, reacomodé mi cuerpo de frente hacia ella y, sentado con las piernas a lo indiecito, me dispuse a jugar. Si no conté mal, giró sobre si unas cinco veces, a una velocidad impresionante y cuando se detuvo…
“Cito al archiconocido filósofo y roquero y te tiro un: ¿qué ves cuando me ves?”
Hay que reconocer que además de cultura general, la loca tenía toda la onda. Inmediatamente noté que ya no era la que era un instante atrás - “Hey, sos un Ades de Manzana” - grité sorprendido. Volvió a girar y paff, una nueva transformación: - “¡Ahora sos la cajita vengadora de Cindor!” - Y así, su caparazón mutó en una Serenísima parcialmente descremada; un Termidor rosado; un Cepita multifrutas y hasta en un famoso puré de tomates que desconocía viniese en envase de litro.
“¿Moraleja del asunto? Pero antes dame otro pucho”- preguntó, mientras secaba el sudor de lo que debía ser su frente y yo hacía lo mismo con las lágrimas que la risa me había arrancado. Dudé. No salía de mi asombro y los pómulos me hormigueaban al borde del calambre. Nos encendí un cigarrito a cada uno y me tomé un instante para buscar, en medio del alboroto mental, una respuesta al menos coherente. Muy bien no me fue…
“¿Sos una especie de camaleón?” – y ni bien cerré la boca me di cuenta que acababa de decir una pelotudez tamaño baño, una conclusión simplista digna de un oficinista y no de un filósofo con pies de caucho. No llegué a retractarme que ella ya había retomado su cátedra…
“Te la voy a poner más fácil pero no pienses que te la voy a hacer fácil, muchachote… Te mentiría si dijera que siempre la tuve así de clara, de hecho el mundo me resulta tan hostil e incoherente como a vos. Pero a lo largo de mi vida – si te dijera mi verdadera edad te infartarías – ensayé varios métodos cuya única finalidad era la de intentar mantener a salvo mi esencia. Veamos…
El primero que probé se llamaba Yo-Avestruz, y aunque era sumamente eficaz a la hora de anular la incidencia directa que el afuera tenía sobre mi alma, resultó ser un embole, porque no sé si lo sabías pero las lombrices son bastante reacias a conversar con criaturas que no sean lombrices y todo bien con los “vegan” y los rabanitos, pero a mí me cabe el asado de tira.
Más adelante, opté por el archiconocido Yo-Cebolla. Me había entusiasmado la idea de la superposición de capas como estructura del Yo y la popularidad que este bulbo tenía en la sociedad. Pero esa misma popularidad hizo que rápidamente me desencantara: si no te la daban rebozada en el Burger, venía triturada en un sándwich del McDonalds; pero aunque me asuma anti-franquicias, lo que más me frustraba era ver llorar a cada persona que se acercaba con la intención de conocerme, cada vez más fuerte, a medida que se adentraba en mi corazón.
Finalmente, y tras varios otros Yóes tan irrelevantes como improductivos, decidí quedarme con éste que ves hoy, el Yo-Pack. El Yo-Pack vendría a ser como la última evolución de un Pokemón cebolla, pero a diferencia del anterior, nunca está en juego la verdadera esencia del Yo. Dicho de otro modo: cuatro capas de materiales de diversa composición y resistencia cubren “eso” que únicamente yo conozco y que está más allá de lo que la gente pueda ver o tocar o creer o manipular…De hecho, vos me viste como un montón de productos de supermercado chino pero no tenes la más mínima idea de quién soy en realidad. Te dije, si hubieras empezado por ahí…”
Había seguido su monólogo con profunda atención, palabra tras palabra; en simultáneo tomaba notas cerebrales del trasfondo que escondía cada una de sus metáforas. Pero llegó un punto en que me sentí realmente incómodo, subestimado y malherido: ¿una caja vacía intentaba decirme que soy más estúpido de lo que creo?
“Todo bien con tu Orientalismo Pampeano pero a mi no me jodas. No intentes convencerme de que te da lo mismo que te rellenen con aceite, ketchup o Coca-Cola porque esa no te la creo…” Sí, me había enojado; quizás ofuscado sea el término más apropiado. La plaza estaba prácticamente desierta, del sol ya no quedaban rastros y el frío de agosto había vuelto para dar el presente…
“Sí, evidentemente sos más estúpido de lo que creía. ¿Qué es la Coca-Cola? ¿Una bebida de extractos vegetales cuya receta se guarda bajo siete llaves o un afloja-tuercas para pernos cariñosos? Siguiendo con la analogía, si a una caja vacía de puré de tomates la llenaras con Coca-Cola ¿obtendrías un filetto gasificado?
Espero llegues a comprender lo está por acontecer, no me dejas otra salida, sos tan terco como desconfiado. Es hora de que empieces a mirar al horizonte como tal y no como un “punto de fuga”. Estás buscando tu verdad en el lugar equivocado. Las respuestas que uno ansía no suelen venir de la mano de las preguntas que uno se formula. Y aunque haya puesto enormes expectativas en tu persona, siempre supe que este día llegaría. Lo supe desde aquél viernes hace quince años atrás: vos sentado en aquel banco, que en ese entonces era naranja y descascarado; yo al costado del tobogán amarillo, disfrazada de Resero Blanco Sanjuanino…
Leías “El Principito” y tu cara de desconcierto se hacía más y más notable a medida que girabas las hojas. Siempre tuve la sospecha de que Antoine había escrito un libro para adultos enmarcado en un cuento infantil y tu reacción me lo confirma. Demasiadas verdades para pintarlas de boas y elefantes en estos tiempos de miopía incolora. Si en aquel entonces hubieras comprendido sus palabras, todo esto sería innecesario. Vos hubieras vuelto a casa y escrito un cuento fantástico del que indudablemente te habrías sentido orgulloso mientras que yo, con cara de misión cumplida, hubiera vuelto a mi arbolito y a la espera silenciosa de otro Ser ansioso de sí mismo. Pero como dicen en el barrio, “es lo que hay”… ¡Abrime!”
El tono imperativo “se despachó” a la ofuscación y un escalofrío, tan genuino como mi miedo a los Rottweiler, corrió de pies a cabeza y se instaló, en forma de nudo, a la altura de la garganta. No había lugar a dudas: si una caja te pedía que la abrieras, quería que la abrieras. Y si ésta era una caja térmicamente sellada, como todo tetra, lo que quería era que la des-sellaras. Ya bastante me pesaban las propias incertidumbres como para encima anotarme el poroto de la inmolación del objeto más sabio que haya conocido. Mi cabeza le demostró su rotunda negación…
“Te lo digo una última vez pero ahora le agrego las palabras mágicas: por favor, abrime. Es tiempo de despertar de tu mona espiritual, y no ha lugar a esa estúpida estampita del mártir cristiano, sé muy bien por qué voy a hacer lo que estoy a punto de hacer”
Tras una pausa que pareció, como de costumbre, una eternidad, la alcé entre mis manos temblorosas. Se me había acelerado el pulso y el sudor que corría por mi espalda era más frío que el frío que nos abrazaba. Primero desprendí esas aletitas que le daban su forma de ladrillo y luego, con el índice y el pulgar de la mano derecha, comencé a separar dos de sus lados, los que se unían justo allí, por donde antes se fumaba mis cigarrillos. Apresuré el trámite, más por remordimiento que por curiosidad, y tras unos pocos segundos llegué a su interior…
Sobre la superficie plateada de su capa más íntima, yacía un gotón violáceo en el que se había estampado un montoncito de tierra, pasto y cenizas. Su voz se apagó con el primer reflejo de los faros de la plaza sobre el papel aluminio pero tras mi último movimiento, con ella abierta cual rana en clase de biología, como si fuese el alma del vino reseco, una brisa apenas perceptible acarició mi mejilla, de mentón a cielo; una brisa que en su último suspiro despertó el eco de un recuerdo que hasta el día de hoy rememoro cada vez que me siento triste o confundido, un recuerdo que en un pestañeo me devuelve la paz y la calma:
"Lo esencial es invisible a los ojos".
Dedicado a Marina P. y Mercedes S.
Nano Etcharren - nano@no-preguntes.com.ar