Simplemente esperé, con un brazo aferrado a su cintura y el otro con la mano bajo su nuca, conteniendo cada latigazo de su piel que intentaba – a desgano – volver a tierra firme. Desnudo siamés de su desnuda figura, en silencio, observando cada uno de sus poros inhumanamente abiertos, poros que respiraban aire de sal y vainilla. Sus pómulos hinchados y sus ojos chinitos escupían lágrimas y perlas que caían, inevitablemente, en la comisura de unos labios que sonreían, y se mordían, y volvían a sonreír.
Un instante que fue vida y un suspiro ahogado que valió mil y una reencarnaciones. Y su mano temblorosa, a contra-palma sobre el llanto más dulce que mi alma haya visto. Y otro quejido que fue risa de vientre tenso y terso y luz. Y los ojos que se encuentran. Y la boca, su boca, en estocada inconsciente, me hiere de muerte…
“… corría por un campo inmenso, un campo lleno de girasoles. Corría por un campo lleno de girasoles y nunca antes había visto un girasol”
Había salvado a la nena. Ahora corría en libertad...

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nanín, muy hermoso!!
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